El discípulo es aquél que ha sido llamado por el Señor a estar con Él (cfr. Mc 3, 14), a seguirlo y a convertirse en misionero del Evangelio. El discípulo aprende cotidianamente a entrar en los secretos del Reino de Dios, viviendo una relación con Jesús. Este “permanecer” con Cristo implica un camino pedagógico-espiritual, que trasforma la existencia, para ser testimonio de su amor en el mundo.
La experiencia y la dinámica del discipulado que, como ya se ha iniciado, dura toda la vida y comprende toda la formación presbiteral, requiere pedagógicamente una etapa específica, durante la cual se invierten todas las energías posibles para arraigar al seminarista en el seguimiento de Cristo, escuchando su Palabra, conservándola en el corazón y poniéndola en práctica. Este tiempo específico se caracteriza por la formación del discípulo de Jesús destinado a ser pastor, con un especial cuidado de la dimensión humana, en armonía con el crecimiento espiritual, ayudando al seminarista a madurar la decisión definitiva de seguir al Señor en el sacerdocio ministerial y en la vivencia de los consejos evangélicos, según las modalidades propias de esta etapa. (Ratio Fundamentalis)
Objetivo general: Centrar la atención del seminarista en el misterio de Cristo y en su propia vida (RFIS 63).
Objetivo general: Identificar al seminarista, después de haber identificado los elementos de su propia vida que le impiden el seguimiento de Cristo, se dispone a liberarse de ellos (RFIS 65).
Objetivo general: Orientar al seminarista que, habiendo adquirido una libertad suficiente, hace una opción madura para el seguimiento de Cristo en el ministerio presbiteral o en otra forma de vida cristiana (RFIS 67).